Política y corrupción, lo de siempre
Los políticos ya no saben qué hacer para que se hable de ellos. Acusan al contrario y escupen tan alto que les cae encima. Eduardo Zaplana, fustigador del PSOE, del Gobierno y de aquel que se le ponga delante, ha anunciado que tomará medidas legales contra quienes le han envuelto en el caso Terra Mítica, en el que está implicado su ex cuñado, Justo Valverde. Al actual portavoz del Partido Popular en el Congreso y ex presidente de la Generalitat valenciana le toca ahora defenderse de las acusaciones de cobro de comisiones que le han lanzado los diputados socialistas en las Cortes valencianas Antoni Such y José Camarasa. La denuncia iba acompañada de dos grabaciones en las que los empresarios José Herrero y Antonio Moreno Carpio, imputados en el caso, vinculaban a Eduardo Zaplana con el fraude, aunque reconocían que no le habían visto nunca con las manos en la masa. Si hace unos días pendía de un hilo la cabeza del ministro de Defensa, José Antonio Alonso, es ahora la de Zaplana la que corre peligro, hombre de confianza de Aznar y heredado por Rajoy.
El PP ha calificado el hecho como una “operación de persecución y de linchamiento” contra Zaplana, como vienen denunciando desde que el partido está en la oposición. Unos y otros -socialistas, populares, verdes o nacionalistas- deberían mostrar algo más de respeto hacia los contribuyentes, hacia los ciudadanos, que son quienes han sido y siguen siendo estafados en casos como el de Terra Mítica. Algo de respeto y no respeto a secas, porque es evidente que se trata de una palabra que no va con ellos. Los benidormenses atónitos esperan que el asunto se aclare ante el penoso cruce de acusaciones de los políticos, que no buscan el esclarecimiento de la verdad, sino la consecución de sus intereses personales y partidistas. Se les olvida que si están ahí, viviendo de las cosas públicas, es para solucionar los problemas de nuestra sociedad y no para generarlos.
Zaplana está siendo víctima del fuego de la política rastrera que él mismo avivó contra otros políticos por rascar unos cuantos votos y ocupar las portadas de los periódicos. Las protestas en las Cortes o las declaraciones incendiarias no constituyen tareas de oposición en el sentido político de la palabra. Ser la oposición no obliga a rechazar cualquier medida que tome un gobierno, sino a contribuir a que el país sea bien gobernado y no por buscar cinco patas al gato se consigue. Esperemos que Eduardo Zaplana pueda demostrar su inocencia respecto al caso Terra Mítica y que no sea otro de esos políticos que acusan con las manos manchadas, porque, de esos, en España nos sobran.






